Al pie de la roca

El año pasado, poco antes de la pandemia del coronavirus, visité una misteriosa colina –muy parecida a la enigmática meseta de la película de Spielberg «Encuentros Cercanos del Tercer Tipo»— situada en el desierto de Kyzylkum, en Karakalpakstán, Asia Central. En la cima de esa colina, hay una «torre del silencio», Chilpik, de más de 2000 años de antigüedad. Los zoroastrianos eregían estas torres para celebrar rituales de entierro aéreo, es decir, para dejar allí a sus muertos a fin de que las aves de carroña los devoraran. Una vez que terminaba el proceso de excarnación, la familia subía para recoger los huesos purificados que luego depositaban en un primoroso osario.

Dice la leyenda que esta costumbre fue modificada por uno de los pashás de estas tierras, quien decretó que, cuando ya no pudieran andar, los ancianos debían ser llevados en vida por sus propios hijos a la cima de la colina. Allí eran abandonados a su suerte, pues se les consideraba una carga para los demás. Llegó el día en que le tocó a un hombre llamado Chilpik llevar a su padre a la colina. A medio camino, cansado de llevar al anciano a cuestas, se detuvo al pie de una gran roca. Su padre empezó a reír a carcajadas. La risa del anciano enojó a Chilpik, quien se sentía apenado y culpable de tener que cumplir esa triste tarea. —«¿Por qué te ríes, viejo tonto? ¿No te das cuenta de que te voy a dejar allí arriba?» El anciano respondió: «Es que acabo de recordar que yo también me detuve en este mismo lugar cuando traje a mi propio padre. ¡Qué ironía! ¡Eso es lo que me ha hecho reír!» En ese momento, Chilpik cambió de opinión y decidió regresar a casa con su padre y cuidarlo en secreto. Pero Chilpik vivía intranquilo, temía que alguien lo descubriera y lo delatara. Un día el pashá cayó gravemente enfermo. Convocó a los mejores médicos de la región pero ninguno de ellos pudo sanarlo. Cuando la noticia llegó a oídos del padre de Chilpik, este le pidió a su hijo que fuera a recoger unas plantas silvestres y le indicó cómo preparar una pócima con ellas. Luego le ordenó que llevara la pócima al pashá. Así lo hizo Chilpik, y el pashá se sanó. El pashá le preguntó dónde había obtenido la pócima. Chilpik le respondió: «Si te lo digo ¿prometes que me perdonarás?» El pashá lo prometió. Entonces Chilpik le dijo que su padre, a quien había cuidado secretamente en los últimos años, le había dado la fórmula. El pashá no solo perdonó a Chilpik, sino que además decretó que, a partir de ese momento, sus súbditos ya no abandonarían a sus padres ancianos, ordenándoles aprender y cuidar de ellos hasta su muerte natural.

A comienzos de este año, el coronavirus apareció en una ciudad de China central y, como una chispa que incendia la pradera, se propagó rápidamente en el mundo, tomando por sorpresa a toda la humanidad. Las respuestas de las autoridades políticas, sanitarias y científicas a la pandemia, incluso en los países más adelantados, fueron, en muchos casos, improvisadas, torpes o arbitrarias, así como desproporcionadas, descoordinadas y hasta contradictorias. Sin embargo, tan pronto se hizo evidente que el coronavirus era particularmente mortífero para las personas mayores, lo cual se reflejaba en las estadísticas de mortalidad, hubo un amplio consenso respecto de la especial vulnerabilidad de las personas mayores y de que había que aplicar medidas para su protección. Algunos gobiernos empezaron por establecer medidas benignas y flexibles, como horarios especiales de atención o de paseo para los mayores. Pero, a medida que la pandemia se agravaba y la incertidumbre aumentaba, salieron a la luz, o se acentuaron, diversas actitudes negativas hacia las personas mayores, sobre todo de cara a las graves consecuencias económicas que se preveían. Algunas de esas actitudes se reflejaron en declaraciones desatinadas o decisiones discriminatorias, como la del presidente de Colombia, Iván Duque, quien exhortó a proteger a “nuestros abuelitos”, y luego les impuso, “por su bien”, el aislamiento obligatorio e indefinido, por lo cual fue objeto de duras críticas, incluso de parte de varias personalidades que pertenecían al “grupo vulnerable” y que consideraron que las medidas eran desproporcionadas, injustificadas e inconstitucionales. Duque se vio obligado a disculparse y dar marcha atrás. O la propuesta del presidente del Brasil, Jair Bolsonaro, de imponer un “aislamiento vertical”, que consistía en confinar exclusivamente a los mayores de 60 años, mientras que los demás continuaban sus actividades habituales para evitar una recesión. O la declaración del Vicegobernador de Texas, Dan Patrick, quien, abogando por el desconfinamiento para salvar la economía, dijo, dirigiéndose a los mayores de 70: “¿Estás dispuesto a arriesgar tu propia supervivencia a cambio de preservar la América que todos amamos para tus hijos y tus nietos? Si es a cambio de eso, cuenten conmigo.” “Hay cosas más importantes que vivir.” “No sacrifiques el país, no sacrifiques el sueño americano». En el Reino Unido, las autoridades científicas propusieron, como condición para relajar las medidas para la mayor parte de la población, una estrategia de «segmentación y blindaje»“por un tiempo prolongado” para los mayores de 70 años. En Francia, el “país de los derechos humanos”, el Consejo Científico que asesora al presidente Macron, también recomendó al Congreso extender el confinamiento de los mayores de 70 años, por un período indefinido, después de la fecha de desconfinamiento para el resto de la población, lo cual provocó un rechazo tenaz y llamamientos a la desobediencia civil que, según el ensayista Alain Minc, presagiaban una “rebelión de las canas”. Para calmar los ánimos, Macron se apresuró a aclarar que la medida no tendría carácter obligatorio.

En estos “faux pas” de los líderes políticos se trasluce una discriminación profundamente arraigada y generalizada en nuestras sociedades: la discriminación contra las personas mayores, basada en prejuicios y estereotipos sobre la edad, o “edadismo” (“ageism”), término que fue acuñado por el psiquiatra Robert Butler en 1968. Desde entonces ha pasado más de medio siglo, pero el término sigue siendo poco conocido, a pesar de que esta forma de discriminación afecta a millones de personas. La pandemia nos ha puesto frente a toda la gama de manifestaciones de la discriminación contra las personas mayores, desde actitudes de paternalismo e infantilización hacia ellas, la falta de respeto por su dignidad y su independencia, y la desvalorización de su capacidad de decisión y de sus opiniones –incluso sobre problemas que las afectan directamente–, de sus aportes a la sociedad y hasta de sus vidas. Paradójicamente, también ha hecho más visibles a las personas mayores, aunque sus voces han sido escuchadas menos que nunca.

El coronavirus llegó a los Estados Unidos a fines de febrero de 2020. A pocos días de haberse detectado el caso cero, el país se puso en alerta cuando una residencia de ancianos en el estado de Washington estalló como un polvorín de contagios. Así, desde su llegada al país, el virus parecía corroborar su sesgo de edad. Ya en mayo, al revisar las estadísticas de mortalidad, advertimos un dato que debería haber llamado en mayor medida la atención de las autoridades y del público: más de un tercio del total de muertes por el coronavirus en los Estados Unidos se han producido en residencias de ancianos. Esa cifra incluye a los ancianos y al personal. En otros países, como España, a mayo, esa cifra superaba los dos tercios. ¿Acaso estos datos alarmantes no deberían llevarnos a considerar que hay algo en este senicidio que va más allá de la vulnerabilidad de los adultos mayores al virus? Es indudable que esos establecimientos, engendros del modo de vida moderno, han sido caldos de cultivo del coronavirus y, en muchos casos, escenarios de situaciones trágicas e inhumanas, ya que muchas veces las autoridades respondieron cerrándolos a cal y canto, dejándolos en una insularidad absoluta, sin fiscalización y, a veces, sin acceso a atención hospitalaria. Muchos ancianos han muerto solos, incomunicados, sometidos a protocolos de emergencia que los privaban a ellos y a sus familiares del derecho a decidir sobre su tratamiento. En los Estados Unidos, país de las demandas civiles millonarias por malas prácticas médicas, el alud de muertes que se han producido al interior de las 15.000 residencias de ancianos (70% de ellas privadas con fines de lucro) ha llevado a la asociación que las representa a solicitar al Congreso la exoneración de responsabilidad legal.

La pandemia ha sacado a la luz realidades que no queríamos ver, entre otras, que el mundo avanza hacia la institucionalización de sus ancianos, siguiendo el modelo asistencial de los países más adelantados. En estos, cuando el modo de vida neoliberal –como el pashá de la leyenda– dicta que ha llegado la hora de segregar a los padres, los hijos se preocupan porque en la residencia haya jardines para pasear o clases de macramé, pero detrás de las cortinas de brocado que se ven en los folletos en papel satinado, suele haber servicios poco calificados, escaso control y descarnadas historias de abuso, descuido, sobremedicación y abandono. El Perú está “atrasado” en esta tendencia pues todavía hay pocas residencias de ancianos y en su mayoría están reservadas a personas con ciertos recursos. Sin embargo, este no es un indicativo de que en el Perú ocurre lo contrario a la institucionalización, lo cual sería que los adultos mayores, mientras tuvieran uso de sus facultades, fueran incluidos en la vida laboral, social y política y pudieran seguir contribuyendo a la comunidad, manteniendo su autonomía e independencia y gozando del aprecio y el respeto de los demás, y, cuando sus capacidades físicas empezaran a decaer, siguieran aportando su experiencia y su sabiduría en relaciones intergeneracionales dinámicas y terminaran sus días rodeados de sus seres queridos. Lamentablemente, la contrapartida a la institucionalización en el Perú es que los ancianos quedan a veces en una soledad mayor que la del anciano institucionalizado, separados de sus seres queridos, en manos de cuidadores, sino en la miseria y abandonados a su suerte, como los ancianos en la colina de Chilpik.

La gran paradoja es que los viejos de nuestros tiempos, por más que sigan ofreciendo la fórmula que salva al pashá, siguen terminando sus días como parias. Un gran número de estudios y estadísticas muestran que gran parte de las personas mayores no solo tienen plena capacidad para seguir ejerciendo sus profesiones (por ejemplo, en muchas universidades de los Estados Unidos, uno de cada tres docentes es mayor de 60 años), sino que además siguen siendo pilares importantes de las ciencias, las letras y las artes: por ejemplo, la edad media de los galardonados con el Nobel es de 60 años y, en el caso de algunas especialidades, como la economía, de 67; y entre los líderes políticos, basta mencionar que los candidatos presidenciales más destacados de las elecciones primarias en los Estados Unidos son todos mayores de 74 años. Por otra parte, a diferencia de las personas mayores de los países más adelantados, que a menudo dedican décadas exclusivamente a disfrutar su jubilación, en nuestros países, los adultos mayores rara vez pasan a ser un cero a la izquierda en la economía: las consecuencias de las políticas neoliberales y la falta de protecciones sociales y de recursos los obligan a seguir trabajando mucho más allá de la edad de jubilación y, en muchos casos, su contribución al sustento de sus familias sigue siendo crucial.

En las últimas décadas el edadismo se ha propagado por el mundo como una pandemia. Algunas sociedades que hasta hace poco tenían arraigados valores de respeto a los ancianos, han empezado a “contagiarse” de las sociedades “avanzadas” y a cambiar sus actitudes hacia ellos. Ese es el caso de China, por ejemplo, donde tradicionalmente el núcleo familiar incluía a varias generaciones. La influencia del modo de vida neoliberal y la migración interna de trabajadores a conglomerados industriales y centros urbanos, entre otros factores, están acabando con las relaciones intergeneracionales que eran el núcleo del tejido social chino. El Gobierno ha tenido que aprobar leyes para proteger a los ancianos, haciendo legalmente responsables a los hijos de la manutención de sus progenitores e imponiendo multas a los hijos que no los visitan con frecuencia, aunque estas leyes responden primordialmente, no a un deseo de preservar las tradiciones, sino a una preocupación por el impacto de esta evolución en la economía futura. Según estadísticas oficiales, las personas mayores de 60 años en China ya alcanzan los 200 millones y se prevé que en 10 años esa cifra llegará a los 356 millones. A nivel mundial, esas cifras también son impactantes. La OMS prevé que, para 2050, el número de personas mayores de 60 será de 2.000 millones en todo el mundo, y el de octogenarios y nonagenarios alcanzará los 400 millones. Es difícil imaginar que, si dentro de 30 años segregáramos a todos los mayores de 80 años en un territorio separado, solo con ellos podríamos sobrepoblar un país del tamaño de los Estados Unidos, cuya población actual es de 330 millones.

La pandemia nos está invitando a repensar cuestiones fundamentales, como ¿Qué es un anciano?¿A qué edad se inicia la vejez? ¿A partir de que edad se debería adquirir el derecho a recibir un trato especial o perder el derecho a decidir sobre los asuntos que nos atañen? Estas y otras preguntas tienen dimensiones filosóficas, éticas, científicas, sociales, económicas, políticas, demográficas, etc., y, para darles respuesta, hay que tomar en cuenta diversos factores, algunos de ellos estrechamente vinculados entre sí, como la esperanza de vida. La esperanza media de vida a nivel mundial casi se ha duplicado desde 1920, es decir, que el desarrollo nos ha regalado todo un ciclo de vida adicional y, en algunos casos, aun más: por ejemplo, en España, la esperanza media de vida ha pasado de 35 años en 1900 a 85 en 2020. O sea que los que dicen “los cincuentas son los nuevos treintas”, en realidad se quedan bastante cortos. También hay que tener en cuenta las enormes brechas que existen entre países. Por ejemplo, ¿sería válido establecer un umbral universal de inicio de la vejez si la esperanza media de vida en el Japón es de 87 años, mientras que en Sierra Leona es de 47? Estos y otros datos demuestran que esos umbrales son móviles y que ser viejo es una cuestión compleja y fluida, que también puede ser en parte circunstancial y subjetiva, aunque el poder político insista en seguir declarándonos oficialmente viejos según su criterio utilitario.

Es cierto que en situaciones de crisis, las prioridades se trastocan. En una guerra, por ejemplo, un pan puede pasar a ser más valioso que su peso en oro; se altera el orden natural de las cosas, los padres entierran a sus hijos; y, en general, se prioriza la protección de los niños, que son garantía de un futuro. La pandemia del coronavirus también ha alterado nuestras prioridades y nuestras vidas, con la particularidad de que ha hecho de los adultos mayores el objeto de protección especial. Pero nosotros no somos niños. Es importante que se reconozca que, en el contexto de esta crisis sanitaria, la mayoría de los adultos mayores tenemos la madurez y la capacidad cognitiva, crítica y creativa para contribuir a los esfuerzos comunes, la capacidad jurídica para ejercer nuestros derechos y libertades en pie de igualdad con las generaciones más jóvenes, y la capacidad moral para responder por nuestros actos. Debemos poner en tela de juicio el corte vertical que se pretende aplicarnos en esta fase de transición, presuntamente para protegernos, que nos priva de los derechos y libertades de que gozan los demás ciudadanos y que resulta una manipulación arbitraria e injustificable basada en datos estadísticos sesgados. La imposición de medidas restrictivas de la libertad exclusivamente a las personas mayores, nos debería llevar a preguntarnos ¿Somos acaso más contagiosos que los demás? No, no lo somos. ¿Somos más susceptibles que los demás a morir a causa del coronavirus? Sí, estadísticamente, lo somos. Por lo tanto, si las personas mayores no suponemos una amenaza de contagio mayor para los demás, y si la responsabilidad de asumir un riesgo forma parte de las libertades de la persona, toda medida restrictiva dirigida exclusivamente a las personas mayores debería considerarse discriminatoria, arbitraria y violatoria de nuestros derechos fundamentales.

Si bien es cierto que la pandemia continúa causando estragos en el mundo y que es necesario seguir acatando las medidas de prevención, ese miedo visceral que nos asaltó al inicio, al vernos ante un virus nuevo, sumamente contagioso y letal, ya pasó. Ese miedo nos llevó a todos — jóvenes y viejos por igual– a un estado generalizado de obediencia y sumisión a la autoridad, que los gobiernos aprovecharon para poner a prueba sus sistemas de inteligencia, sus mecanismos de control social, sus tecnologías de rastreo y vigilancia, etc. Hemos presenciado, boquiabiertos, la aparición de drones de policía, robots para examenes médicos a distancia y otros sorprendentes avances tecnológicos, pero también hemos sido testigos silenciosos de la suspensión de las garantías constitucionales y de debido proceso, y de abusos por parte de los agentes del orden y de violaciones de los derechos humanos.

Las personas mayores hemos sido víctimas de la hipocresía de las autoridades políticas y sanitarias que, por una parte, han sido responsables de un gerontocidio, al tratar a los ancianos como población prescindible y aplicarles una sanidad selectiva, sacrificando sus vidas en beneficio de otras más jóvenes, partiendo del supuesto injustificable de que una menor esperanza de vida equivale a un menor valor de la vida, a lo que se añade el hecho de que ello se ha perpetrado de forma ajena a la voluntad de la persona. Esta mentalidad utilitarista, tan acorde con los valores neoliberales, este darwinismo social llevado a la práctica, constituyen un aborrecible atropello del derecho a la vida. Por otra parte, las autoridades, con el pretexto de proteger a los mayores, nos han infantilizado, ignorando nuestras opiniones, atentando contra nuestras libertades fundamentales, y han reforzado la visión de la edad como patología y el estereotipo del adulto frágil, dependiente e intelectualmente nulo.

Durante la cuarentena, muchos de los que entramos en el cajón de sastre denominado “grupo de riesgo”, no solo hemos procurado no ser una carga para los demás, sino que hemos tratado de mantenernos sanos, fuertes, productivos e informados, de obedecer y apoyar a las autoridades, de analizar, comentar y compartir información, de ayudar a las personas más afectadas por la crisis, hemos trabajado a distancia, hemos incursionado en nuevas actividades laborales, y hemos apoyado a nuestras familias económicamente, en las labores domésticas y como cuidadores. Sin embargo, para otros muchos, la cuarentena ha sido un “ensayo con vestuario” de la etapa final de la vida y, en este sentido, un aprendizaje y una advertencia. En esta fase de la pandemia, mientras que ya vemos por la ventana claros signos de que ahí afuera el mundo se está desperezando, a los viejos el confinamiento prolongado ya nos empieza a sumir en un estado de agotamiento e inercia, y de ablandamiento de la capacidad crítica. Si bajamos la guardia, la cuarentena podría convertirse en una pendiente resbaladiza que va a dar al asilo de ancianos. Por eso, y porque está claro que los encargados de gestionar las medidas contra la pandemia no son infalibles (los hemos visto vacilar, fallar, recular, dar desesperados golpes de timón), ha llegado el momento de que los mayores venzamos nuestros temores, sin abandonar la prudencia, de que reivindiquemos el derecho a ejercer nuestro criterio, empezando por no permitir que se nos convierta en niños viejos y se nos siga excluyendo de las decisiones que nos afectan.

La pandemia es un momento de inflexión en la conciencia de la humanidad. Para nosotros, es la roca en la cual nos hemos detenido, los viejos y los jóvenes. Aprovechemos la visibilidad que nos han dado los mayores entre nosotros que han ofrendado sus vidas en aras de los valores individulistas del capitalismo neoliberal. Ellos son nosotros mismos dentro de 10, 20 o 30 años. Hagamos oír nuestro mensaje fuerte y claro, como la risa del padre de Chilpik. No solo para que se vuelvan a valorar la experiencia y la sabiduría de los ancianos, que han sido fundamentales para la supervivencia de las sociedades a lo largo de la historia, sino también porque, después de décadas de aceptar como normal que los viejos sean descartados como si fueran reliquias inservibles o computadoras obsoletas, los viejos del siglo XXI, los nuevos viejos, por fin descubrimos que envejecer tiene sus ventajas y que, en muchos sentidos, la vejez nos libera, nos empodera y nos hace mejores. Hagamos retroceder el edadismo. Pronto seremos mayoría en el mundo. En el Japón, la venta de pañales para adultos mayores ya sobrepasó la de pañales para niños. Ya somos una fuerza social que no conviene desdeñar: somos el grupo de usuarios de mayor crecimiento de los medios sociales y representamos millones de votos en las elecciones. Como señala Claudio Magris, al comentar la novela Senilidad de Italo Svevo, “Hoy, los verdaderos rebeldes son los ancianos(as) ya que, al no tener nada que perder, pueden desafiar cualquier norma establecida por un régimen social para el cual es más importante una economía abstracta que sus vidas.”

Isabel Blondet
Isabel Blondet
Ha trabajado durante 30 años como traductora de las Naciones Unidas y sigue colaborando con esa organización en las sedes de Nueva York y Viena. Estudió en la Facultad de Antropología de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Hizo estudios de posgrado en lingüística aplicada en el Instituto de Lenguas Extranjeras de la Universidad Estatal de Moscú y el Polytechnic School of Central London. Reciclada como curadora de viajes y guía especializada en la Ruta de la Seda, títulos que ella misma se ha adjudicado, ha vivido entre uno y treinta años en las ciudades de Lima, Moscú, Londres, Nueva York y Ginebra. Lleva una vida itinerante, lee en seis idiomas, escribe en tres y cocina con tutoriales de YouTube.

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